Mi historia con los libros lleva más de tres décadas. En 1995, con apenas nueve años, recibí de manera espontánea en mi colegio un diploma por amor a la lectura.
Por eso, cuando en 2018 fundé la librería Bukz en Colombia, no lo hice solo para vender libros, sino con un propósito: acercar la lectura a más personas y demostrar que leer transforma vidas y organizaciones. Creí, y sigo creyendo, que los libros no son únicamente un bien cultural, sino una palanca de crecimiento personal y competitivo.
Esa convicción me llevó a emprender después de haber estudiado Ingeniería Industrial, cursado posgrados en gerencia y trabajado muchos años en el mundo corporativo. No esperaba ser un librero hippie, era alguien convencido de que el conocimiento y la lectura son la mejor ventaja competitiva que puede tener una sociedad.
Con ese espíritu nació Bukz. El primer año vendimos menos de 1.000 ejemplares y, para 2024, ya estábamos moviendo más de 100.000 libros al año. En el camino abrimos tiendas, levantamos capital, nos consolidamos como una de las librerías más importantes del país y, finalmente, vendí la compañía. Fue la confirmación de que, aun en contextos difíciles, existe un hambre real por leer.
Lo cierto, sin embargo, es que en América Latina seguimos leyendo poco. En Colombia, el promedio es de 3,7 libros al año (y eso que cuestiono mucho esa cifra); en México, 3; en Perú, apenas 1,2; en Ecuador, menos de 2. Chile y Argentina rondan los 4 o 5. Todos lejos de países como España, con 9, o Francia, con 14.
La infraestructura tampoco ayuda pues en Colombia, apenas el 5 % de los municipios cuenta con una librería; en Perú o Ecuador, encontrar una en ciudades intermedias es casi un acto heroico.
A esto se suma el precio. En Colombia, un libro nuevo cuesta entre 60.000 y 90.000 pesos, mientras el salario mínimo es de 1,4 millones. Eso significa que un trabajador al mínimo podría comprar, destinando todo su ingreso, entre 18 y 27 libros al mes.
En España, con un salario mínimo de 1.184 euros y un libro promedio de 15 euros, se podrían adquirir casi 80. En Estados Unidos, cerca de 90. En nuestra región, el libro sigue siendo un lujo. Y ese lujo alimenta un círculo vicioso: se venden pocos, los tirajes son pequeños, los costos altos y los precios nunca bajan.
Claro que comprar libros no es la única forma de acceder a ellos. Existen bibliotecas públicas, audiolibros, librerías de segunda mano y hasta trueques entre lectores. Incluso en esto podemos ser creativos y curiosos.
Por eso insisto, leer es más que un placer, es una ventaja competitiva para las organizaciones. Una empresa donde la gente lee más es una empresa que compite mejor. Todo el conocimiento en estrategia, contabilidad, mercadeo, liderazgo o creatividad está, en gran parte, en los libros. Y muchas de las lecciones más profundas sobre cómo dirigir personas o innovar con propósito no están en manuales de management, sino en la literatura, la historia y la filosofía.
Para ser buenos lectores, debemos aprender a manejar las distracciones que dominan nuestra atención e ir construyendo el hábito poco a poco. Son pocos los hábitos que, al mismo tiempo, te permiten viajar a otros mundos, conversar con las mentes más brillantes de la historia, reducir el estrés y regresar del viaje más recargado.
Aunque los promedios sean bajos, no tenemos que resignarnos. Siempre habrá desviaciones, hay quienes no leen nada y quienes leen veinte libros al año. El reto es movernos hacia ese extremo positivo, como individuos y como empresas, porque allí está la verdadera ventaja.
Esa es la invitación que quiero dejarles en esta primera columna en Alegra: leer más nos hace más humanos, más preparados y, sobre todo, más competitivos. Porque aunque todavía podamos decir que en América Latina “nadien lee”, estoy convencido de que pronto podremos contar otra historia.
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